15 de mayo de 2009

Adictos al trabajo


La soportable levedad de la convivencia con un trabajólico

Por Victor Weinstock
Escritor Colaborador de Monster


Oscar Wilde alegaba categórico que “el trabajo es el refugio de los que no tienen nada que hacer.” El trabajolismo es una adicción ambivalente, un cuchillo de doble filo y, como tal, hay que tener mucho cuidado tanto al empuñarlo como al confrontarlo. Por un lado, en la trabajólica vemos a una persona que sacrifica todo en su vida social y familiar por el mundo laboral; por el otro, la persona trabajólica es alguien que se entrega con pasión deportiva a su carrera. Sacrificio y pasión son dos caras de la misma moneda y la estadística nos enseña que las apuestas para que el adicto sea sacrificado o pasional son 50-50.

Nadie nace trabajólico, es una adicción que se crea por hábito en el trabajo mismo. El hábito en sí, la adicción a trabajar más de lo comprometido originalmente es consecuencia de las circunstancias que enfrenta el adicto fuera del trabajo. En primer lugar, el sufrimiento que padece la persona por sus carencias, tanto materiales como afectivas, la lleva a buscar refugio en el ámbito laboral. Piénsalo, por ejemplo el marido o la esposa que siempre es culpada en casa harías hasta lo imposible por destacar en el trabajo y pasar el menor tiempo posible con esa familia que te maltrata. Por otro lado está el apetito, los deseos, la necesidad de alcanzar productos y servicios que tienen un costo alto lo que lleva a la persona a querer trabajar sin descanso para darse estos gustos.

Es importante que hagas todo lo posible por comprender el origen de la adicción de tu jefe o compañero trabajólico. De hecho, los trabajólicos acaban comportándose como jefes aunque no lo sean; se colocan naturalmente en una posición de poder. Mientras no tomes sus desplantes como algo personal podrás soportar la convivencia y desarrollarte tú mismo en el mundo profesional.

Tus opciones son ser un pesado y dejar la empresa donde convives con un trabajólico o respirar hondo, quedarte y asumir las consecuencias. Lo que seguro no vas poder lograr jamás es cambiar al trabajólico. Vamos, tienes tantas oportunidades de hacer que un trabajólico tome vacaciones de verdad como de arreglar que Julio César Chávez y Héctor “Macho” Camacho bailen una cumbia en la marcha por el orgullo gay. (¿Te gusta “No te metas con mi cu cu” para el experimento?)

Mejor tómate la convivencia con levedad y aprovecha que hay alguien que empuja el proyecto siempre hacia delante. La única razón para tratar de entender el origen de su adicción es para poder tender puentes de comunicación y confianza. Es importante hacer comprender a la persona trabajólica que mientras tú cumplas con tus responsabilidades diarias tienes derecho a trabajar no más que las horas semanales que te comprometiste a ofrecer.

No te sientas humillado por los resultados laborales del trabajólico (a menos que estés en una empresa que pague a destajo o quieras ganar el premio al mejor vendedor del año, y aun en esos casos siente el reto no la humillación).

Asimismo no confrontes al trabajólico. Ofrece la tolerancia que tú esperas recibir a cambio. Abre la posibilidad de dar a la persona trabajólica un oasis de mutua confianza donde puedan los dos sentirse cómodos con sus propias adicciones y encuentren mecanismos para comunicarse y colaborar profesionalmente.

Finalmente, aun cuando estés rodeado por un grupo de trabajólicos, mientras consigas que ellos respeten tu derecho al tiempo fuera, mientras todos cumplan con los objetivos del proyecto, mientras tú soportes la convivencia, mientras no sientas pesadumbre cada vez que es hora de ir al centro de trabajo, no te apures por ser minoría. Al fin y al cabo, ya lo dice el dicho (o más bien debería decirlo): si no puedes contra ellos, toma vacaciones.

Post-Data: ¿Creíste que ya había acabado esta nota? No, claro que no. La persona trabajólica nunca de los jamases acaba y, por extensión, hablar de ella es inacabable. Aquí tienes otra defensa contra el ataque del trabajolismo. Recuerda a quienes te quieran inocular que el trabajolismo puede ser mortal: el Primer Ministro de Japón Keizo Obuchi sufrió un derrame cerebral en el 2000 por exceso de trabajo; comenta muy a la ligera que tu mamá te enseñó a no derramar la leche ni el cerebro, o bien que el día en que sientas unas ganas tremebundas de morir a la japonesa, te harás el hara-kiri con una cucharita de plástico.

|Fuente: MonsterLatam.com

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